La Paz, 30 de julio de 2026. El comandante general de la Policía, Mirko Sokol, ha convertido la controversia en su modus operandi. En apenas una semana, el jefe policial pasó de denunciar una presunta recaudación de 2 millones de dólares por parte del grupo "Los Golden" para sacarlo del cargo, a calificar a un periodista de "narcoperiodista", y ahora arremete contra su inmediato superior, el ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo, cuestionando su autoridad para encabezar conferencias de prensa sobre operativos policiales. "Es una ridiculez", dijo Sokol en un nuevo audio.
En esas declaraciones, añade que desconoce si el ministro Oviedo "hizo su servicio premilitar". Un despliegue de declaraciones que, lejos de transparentar la institución verde olivo, revelan a un comandante más preocupado por su imagen que por combatir la delincuencia y la corrupción que él mismo admite existe.
El primer episodio de esta escalada fue la filtración de un audio en el que Sokol afirmó que un grupo de entre seis a ocho oficiales de grado mayor, a los que denominó "Los Golden", habría reunido 2 millones de dólares para gestionar su salida del Comando General. El propio comandante confirmó la autenticidad de la grabación, pero acto seguido se desdijo: aseguró que se trató de una "charla doctrinaria" con alumnos de la Universidad Policial, y que todo lo dicho no era más que "rumores y comentarios".
"No tengo las pruebas, no puedo hacer una denuncia en función a rumores", reconoció Sokol, admitiendo que carece de nombres, fechas, lugares o cualquier elemento objetivo que respalde sus graves acusaciones. Denunciar corrupción sin pruebas no es lucha anticorrupción; es generar ruido mediático para posicionarse como víctima de una supuesta conspiración.
Pero Sokol no se detuvo allí. En su afán de desacreditar a quienes cuestionan su gestión, calificó a un periodista de "narco periodista", un término que criminaliza la labor de la prensa y que ha sido condenado por organizaciones de defensa de la libertad de expresión. Y ahora, en el último capítulo de esta saga, arremete contra el ministro Oviedo, cuestionando que encabece conferencias de prensa para informar sobre operativos policiales.
"Es una ridiculez, para eso hay comandantes y directores departamentales", dijo Sokol, ignorando que el ministro de Gobierno es su autoridad superior y que tiene toda la legitimidad para dar cuenta de los resultados de la institución que dirige. Este ataque directo a su jefe político revela no solo una insubordinación preocupante, sino un intento de Sokol de posicionarse como un poder autónomo dentro del Estado, por encima del control civil.
El Gobierno de Rodrigo Paz, lejos de llamar al orden a su comandante, ha optado por respaldarlo ciegamente. El vocero presidencial, José Luis Gálvez, ratificó el "total respaldo" a Sokol, calificando la situación como una "pelea de policías honestos contra mafias organizadas".
El propio ministro Oviedo, según confesó Sokol, le habría expresado su apoyo incondicional. Este blindaje oficial es una muestra más de que, para el gobierno de Paz, la lealtad política vale más que la transparencia y la rendición de cuentas. Mientras Sokol siembra denuncias sin pruebas y ataca a sus superiores, el Ejecutivo lo protege, enviando el mensaje de que en la Policía se puede hablar de corrupción, pero no se puede investigar ni sancionar.
En definitiva, Mirko Sokol ha construido un relato de persecución que le permite evadir su responsabilidad como máximo jefe policial. Denuncia millonarias recaudaciones pero no presenta una sola prueba. Ofende a periodistas y a su propio ministro, y el gobierno no solo lo tolera, sino que lo aplaude.
Bolivia no necesita un comandante que hable de corrupción en audios filtrados, sino que actúe con contundencia para erradicarla. Necesita un jefe policial que rinda cuentas, no que se erija en víctima de conspiraciones mientras la institución sigue siendo un fortín de intereses oscuros. El silencio cómplice del Gobierno de Paz ante este espectáculo de irresponsabilidad es tan grave como las propias declaraciones de Sokol.